jueves, 21 de octubre de 2010

***En un Rinconcito del Universo***




***En un Rinconcito del Universo***

En ese rinconcito del universo,
mirando el cielo azul la mano
de Dios empezó a escribir versos.

Nadie le dicto, nadie le susurro
al oído lo que debía escribir,
ni El lo pensó dos veces fue como
se dice a golpe de corazón…

Escribió cosas sencillas pero profundas,
sin frases elaboradas mas llevaban
ese toque de inmortalidad…

Viendo lo escrito soplo sobre
el papel dándole su aliento de vida
y así lleno de su inspiración
a toda una generación de ángeles.

Les construyo un campo de recreo
para que jugando echaran a volar
la imaginación…
No les dio riqueza pero en cambio
les dio ese bastión que les permitiría
treparse hasta el cielo…

Y así con el alma inflama de esperanza
les dio alas lanzándolos al mundo para
que exploraran lo que buscan sus ansias,
pero también les dio raíces para que
supieran a donde regresar…

Y desde aquel día viven dispersos por
el mundo y de vez en vez les vine
esa “Tristeza pueblerina” que les
hace añorar ese pedacito de cielo
que dejaron…

Oxwell

viernes, 18 de junio de 2010

"Con el Numero 10 en el Pecho"


“Con el numero 10 en el pecho”


(Historias de la Colonia)

En medio de las polvaredas que de vez en vez se levantan en aquellos campos de futbol, los patojos (niños) corrían tras el balón, en equipos de 20 contra 20, sin más reglas, que las ganas de jugar… Soñando, fantaseando y hasta sintiéndose por un momento en un campo de futbol engramado, con las porterías con red, el hombre vestido de negro y ellos luciendo el uniforme de su equipo favorito con el número diez en la espalda.

Luis Carlos desde siempre se había soñado jugando en uno de los equipos de futbol de la liga de mosquitos del barrio. A pesar de que jugaba chamuscas (partidos callejeros) con los demás patojos (niños) de la cuadra, el jugar en una liga era algo que veía imposible por esas cosas que no saben los patojos explicar… Por aquellos días uno de los papas entusiastas de la cuadra, decidió formar un equipo de futbol, total había suficiente material en aquella cuadra donde toda una generación de patojos fue a crecer; así que hablo con ellos, los cuales rápidamente mostraron un gran entusiasmo y en poco tiempo empezaron a entrenar. Aun no decidían el color del uniforme, ni el nombre del equipo, pero igual todas las tardes se reunían para entrenar y discutir la inscripción del equipo en la liga de mosquitos. Luis Carlos los miraba a la distancia, sin atreverse a acercarse, pero con una ganas de jugar que trataba de disimular. Una de aquellas tarde Gustavo Adolfo y Fernando que eran más conocidos como El pepino y El Bushaca respectivamente, fueron directamente a buscarlo a su casa, para invitarlo a que se integrara al equipo, pero como pudo les explico sus razones, aun que estas eran evidentes, les dijo que no, ellos le insistieron ante su negativa y le pidieron que lo pensara y que siempre lo estarían esperando.

La nueva temporada estaba por iniciar y las formalidades para la inscripción del equipo en la liga iba viento en popa, fue por aquellos días que Luis Carlos sobre poniéndose a sí mismo, pidió el poder jugar con el equipo, a lo cual no todos estuvieron de acuerdo, aun que no lo manifestaron abiertamente y como sucede con los niños, tienen ese sexto sentido , que intuye el rechazo, lo cual no alcanzaba a entender dado que muchas veces había jugado con ellos en la calle y en aquellas chamuscas sin tiempo, ni reglas metía goles y había demostrado tener cierto dominio del balón y sus amigos lo sabían, pero pensaban que una cosa muy diferente eran aquellas chamuscas y otra jugar en una liga por competición. A pesar de aquello, el entusiasmo pudo más en el corazón de Luis Carlos y a la hora de la cena les comento a sus padres sobre su gran logro, pues jugaría en la liga de futbol del barrio, sus padres se mostraron entusiasmados, pero tenían sus reservar aun que no hablaron de ellas. Aquella misma semana el papa de Luis Carlos le compro sus primeros zapatos de futbol, los cuales al verlos el niño le provoco que las lagrimas rodaran por sus magias y una intensa alegría que hasta brillaba el sol en sus ojos… Aquella noche se los probó una y otra vez y siendo nuevos los lustro con tal dedicación para que tuvieran más brillo. Fue tanto su entusiasmo que aquella noche durmió con los benditos zapatos puestos…

Por fin empezaba la temporada y finalmente después de muchas discusiones al respecto habían optado por un nombre para el equipo, se llamarían “Luciérnagas Azules” pues siempre entrenaban hasta caer la noche y obviamente el color de la camisola seria azul cielo y pantaloneta blanca. El equipo estaba compuesto por 20 niños por lo cual algunos tendrían que esperar su turno en la banca y entre ellos estaba Luis Carlos. Además existía un inconveniente y era que a nadie se le había dado la camisola con el número diez, pues a acepción del portero y uno que otro niño, todos querían ser delanteros y llevar el número diez en la espalda. Y para resolver el asunto el entrenador había decidido no darlo, si no que, él que quisiera serlo, tendría que ganárselo a base de buen juego, garra y disciplina.



En aquel primer partido, Luis Carlos no jugó, lo cual no le causo ninguna decepción, todo lo contrario entrenaba más fuerte y sabia que ya llegaría su oportunidad para demostrar sus cualidades como jugador. En el segundo partido le permitieron jugar los últimos diez minutos y apenas toco pelota, pero él seguía entrenando. Después de perder el primer encuentro y haber empatado dos, el papa entrenador decidió pedir ayuda a un viejo amigo, que era todo un veterano en la primera liga de futbol del país. El de buena gana acepto y aun que no los podía entrenar de forma constante, fue creando en aquellos patojos un sentido de responsabilidad y de unión entre ellos, que era lo importante para funcionar como equipo.

Aquella semana Luis Carlos había contado, los minutos, las horas y los días para que llegara el domingo, pues debutaría por primera vez como titular. Llagado el día, se levanto muy de mañana a lustrar sus zapatos y ver que estuviera listo su uniforme, al llegar al campo nunca faltaban las miradas imprudentes, que se dirigían hacia él a lo cual de una forma u otra ya se había acostumbrado, sus demás amigos y compañeros de equipo uno a uno se iban sumando, pues él había llegado con más de una hora de anticipación. Ese día estarían allí el papa entrenador acompañado de aquel viejo lobo del futbol. Antes del partido hablaron de sus tácticas de ataque y defensa, de la disciplina en el planteamiento y en la posición que cada uno jugaba. Finalmente llamo el árbitro a los equipos y momentos después dio inicio el encuentro, a los pocos minutos ya les habían anotado el primer gol, pero aquel viejo lobo les gritaba que mantuvieran la moral y les recordaran lo practicado, sus palabras eran como un viento soplando en las espaldas de los “Luciérnagas Azules” que les puso alas y sus pases empezaron a ser más precisos, peleaban cada pelota, hasta que en una jugada impredecible, Luis Carlos corrió como pudo y puso la pelota justo en la pierna de uno de sus compañeros y anotaron el primer gol. Así empatados se fueron al descanso, el viejo Lobo les dio algunas indicaciones y no realizaron ningún cambio como era la costumbre para darle chance a que todos jugaran, pues el aducía, que como equipo estaban funcionando y que era mejor hacer cambios sorpresivos para desequilibrar al rival. Empezó el segundo tiempo y los patojos entraron con más ganas de salir a buscar su primera victoria y así fue pues a los diez minutos Luis Carlos anoto el gol. Que resultó siendo el gol de la visoria. Poco a poco Luis Carlos empezaba a mostrar su capacidad para el ataque y principalmente para posicionar la pelota de forma que sus compañeros anotaran goles.

“Los Luciérnagas Azules” poco a poco iban mejorando y evolucionado como equipo, pero había en todos ellos una pregunta: ¿Quién sería el número diez? Más nadie se atrevía a preguntar. Días después, en una de esas sesiones que tenían, aquel viejo Lobo y el papa entrenador les anunciaron, que finalmente habían decidido quien portaría la camisola con el número diez, todos esperaban con ansias el anuncio. Y después de explicar en que habían basado su decisión les dijeron que Luis Carlos era el escogido a lo cual algunos manifestaron su descontento, uno de ellos dijo: ¡Ya bastante es tener que jugar con un lisiado en el equipó! Otro más dijo: Si esta nos hacen burla y se ríen de nosotros por tener a alguien como él en el equipo. El viejo Lobo sintió el dejo de tristeza que se asomo a la cara de aquel niño. Por lo cual decidió pedirles que pararan sus comentarios y les empezó a contar la historia de uno de los mejores jugadores de todos los tiempos. Les pregunto: ¿Quién de ustedes a escuchado hablar o ha visto partidos en la televisión de Pele? Todos ¡Verdad!. Pues déjenme decirles que antes de Pele, hubo un gran jugador, que está considerado como el mejor puntero derecho de la historia, jugó en tres copas del mundo, coronándose campeón junto a su equipo en dos de ellas y por si fuera poco fue el goleador de la copa en Chile 1962 además de ser considerado el mejor jugador de dicha copa y saben una de las características de este jugador era que al nacer tenia una de sus piernas más larga que la otra y por cosas de la vida sufrió de poliomielitis en su niñez… Al decir esto miro a Luis Carlos, quien no lograba disimular las lágrimas en sus ojos y una emoción que le apretaba el corazón. Luego continúo y contagiado de esa emoción, les volvió a preguntar: ¿Y saben cómo se llama, este jugador? A lo que nadie respondió. El les dijo: Manuel Francisco dos Santos, más conocido como “Garrincha” al escuchar “Garrincha” ellos supieron de quien hablaba, pues mas de alguna vez habían escuchado a sus padres hablar de este gran jugador, pues fue en ese tiempo cuando se le familiarizo a la selección brasileña con el famoso “Juego Bonito”. Al escuchar aquella historia, los niños se acercaron a Luis Carlos para abrazarlo y pedirle disculpas y uno de ellos dijo: Debemos de sentirnos orgullosos pues nosotros tenemos nuestro propio Garrincha… Y estuvieron de acuerdo que el merecía llevar la camisola con el número diez y se la dieron, la tomo en sus manos, le dio la vuelta para dibujar el numero con sus dedos y luego dirigiéndose al Viejo Lobo, le pregunto: ¿Y qué numero usaba Garrincha? Él le contesto: El número siete. A lo que Luis Carlos replico, si yo voy a ser el Garrincha de “Los Luciérnagas Azules” usare el número siete. Y así fue, cada vez que jugaba Luis Carlos en aquellos campos polvorientos, atraía las miradas hacia él, pero ya no eran esas miradas incomodas, si no miradas de admiración a alguien que llevaba el número diez en el corazón.

Oxwell L'bu
Foto: Nelson Vinicio Morales


sábado, 12 de junio de 2010

"Sonando tras un Balon"





“Soñando tras un Balon"
  (Historias de la Colonia)

Mis vagos recuerdos me remontan al mundial de 1970 cuando Brasil se corono por tercera vez en su historia como campeón del mundo y Pele fue considerado el mejor jugador con su número diez, creo que desde allí todos hemos querido ser el número diez alguna vez en nuestras vidas…Mas el mundial que mejor recuerdo de aquellos años de infancia es el de Argentina 1978 cuando ellos se coronaron campeones.

En aquel tiempo el llegar a tener unos auténticos zapatos de futbol y una pelota de cuero era el mayor anhelo de los patojos (niños) del barrio, pero aquello, no nos quitaba el sueño, pues después de cada partido todos los patojos (niños) de la cuadra salíamos a rifarnos el físico detrás de una pelota de plástico, con la misma alegría, devoción y entrega de quien juega un partido de la copa del mundo.

Algunos tomaban su playera favorita y le pintaban el número diez o se lo ponían con masking tape o cinta de aislamiento eléctrico. Todos nos autonombrábamos, con el nombre de nuestro jugador favorito que cambiaba conforme crecíamos (Pele, el Kaiser Franz Beckenbauer, Teófilo Cubias, Mario Kempes, Zico, Sócrates, Cuyff, Maradona, Bebeto etc.) por supuesto nunca faltaba el o los narradores, que mientras jugaban narraban las jugadas al estilo de los comentaristas de la televisión o la radio. Todo era una fiesta hasta que alguien pateaba la pelota hacia algún tejado a hacia la casa de la “Doña Carlota que nos pincho cien pelotas” que Ricardo Arjona menciona en su canción.

El mundial era una verdadera fiesta en todo el sentido de la palabra, para los adultos y los patojos de la cuadra, pues antes de cada partido, se daba el ritual de siempre, las mamas preparando la boquitas (aperitivos, botanas, bocadillos) y los papas hiendo a la tienda a comprar las bebidas para los invitados y los que llegaban sin invitación a la sala de la casa, que se llenaba a reventar y donde se dejaban escuchar los lamentos uuuuuuuuuu o el ¡Que si mas…! O la algarabía sonando al unisonó cuando todos gritaban goooooooooooollllll y después del partido nunca faltaba la discusión por las jugadas, los goles y los que no fueron goles, nunca faltaban los comentarios y saludos gratuitos hacia los árbitros, pero a los patojos aquellas discusiones de adultos poco les importaban ellos salían a revivir las acciones y a trasladarse por un momento a otro mundo, donde ellos eran los mejores jugadores y hasta escuchaban las ovaciones de un público que eran ellos mismos…

Hoy han pasado los años y aquellos niños han crecido, mas siguen gustando del futbol, muy pocos de ellos lograron su objetivo de llegar a jugar de forma profesional, pero ese niño sigue intacto allí…Allí donde el tiempo no transcurre, allí donde los sueños son posibles…Porque aun que hoy físicamente ya no son aquellos niños, se ven reflejados en esas nuevas generaciones que de alguna forma siguen manteniendo vivo aquel sueño corriendo tras un balón…

Oxwell L’bu
Fotos Byron Perez



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lunes, 31 de mayo de 2010

"Loteria la Huerfanita" (Historias de la Colonia)


Lotería la Huerfanita”

(Historias de Colonia)

Con el calor intenso del medio día y las tardes templadas por esa briza primaveral del mes de abril, la feria llegaba año tras año a la fortaleza natural flanqueada por barrancos y vigilada de cerca por el coloso volcán… La caravana de los camiones transportando las estructuras metálicas de los juegos mecánicos que entraban por la quinta avenida de La Colonia, los patojos los miraban llegar con esa ilusión en los ojos de quien espera una fiesta.

La feria siempre se instalaba en el mismo lugar, justo en el campo que estaba tras el costurero y el salón parroquial; los patojos curiosos se acercaban para observar como de la noche a la mañana la feria se instalaba. Usualmente llegaban un día jueves y empezaban el viernes por la noche y allí estaban las patojas y los patojos viendo como le sacaban el pisto (dinero) a los papas, para subirse a los juegos mecánicos como la rueda de Chicago, el pulpo, las sillas voladoras en fin, sin faltar los futillos(mesas de futbolito) y demás juegos, pero sobre todo el jugar en la mentada lotería…

Justo a las siete de la noche se dejaba escuchar por los altoparlantes la invitación para la primera jugada de la noche con el tono y forma tan particular de decir las cosas, de quien cantaba la lotería: -Suuuuuuuu Loterrria La Huerrrrrrfanita, yyyaaaa esta aquiiiiiiiii, asi que damas, caballeros, niños y hasta el chucho (perro) de la casa están invitados a esta noche de suerte, noche donde la luna y los gallos se desvelan… Así que, a apartar sus cartones, que los premios son de a montones. Algunos llegaban desde temprano para apartar su lugar, otros por el contrario se subían a la rueda Chicago o en las sillas voladoras, donde los muchachos esperaban pacientemente para que el viento soplara a su favor a su favor, para poder tener así una visión más amplia de las piernas y algo más de las muchachas. Los patojos por su lado comiendo chucherías como manzanas forradas de caramelo rojo que parecen cerezas gigantes, las plataninas, los algodones de azúcar de colores, elotes asados, el atol de elote, las tostadas de frijol o de aguacate, los panitos de San Antonio, los chuchitos(tamalitos de elote con carne), sin faltar los que son dulcitos por dentro, dulcitos por fuera , que, que más se puede pedir, los rellenitos….

Otros, tanto patojos, como muchachos jugando futillo o esperando a que pase la muchacha de sus sueños. Por doquier resplandecen los focos de neón y las luces de los juegos mecánicos, se escuchan los gritos de las muchachas y las carcajadas de los patojos y en medio de aquella fiesta se distingue un dejo de tristeza de los que apenas ayer eran patojos y hoy a fuerza de necesidad son los nuevos operarios de la feria. Pues al parecer para la gente de la feria el tiempo corre más a prisa, pues no hay tiempo para ser niño o adolecente, el tiempo apenas alcanza para ganar el sustento… Pero la feria tiene que seguir y la suerte se juega en la lotería de la vida que a veces se parece a la lotería La Huerfanita. Faltan solo 15 minutos para las ocho de la noche y por medio de los altavoces, la voz no deja de invitar, a pesar de que la galera casi está llena a reventar. –Pase adelante que aun hay carrrrrrrrrtones, aun hay espacios para la suuuurteeeeee….Así que le vamos a pedir a la dama de la esquina que se corra un poquito y haga un espacito para los que están entrando, para la primera jugada de la noches en su looooooooterrrrrria La Huuuuuuuuerrrrrrrrrrrfanitaaaaaaaa…

Al dar las ocho empieza la cuenta regresiva’ -Un minuto para que la primera juuuuuuuuugada de la noche empiece, así que vengase volando que esto está empezando, ya la góndola está girando y las pelotitas….En eso interrumpe una voz chillona de una mujer: -Espéreme Don que yo también quiero jugar, por vida suya deme un cartoné… Uno de los ayudantes y fuerzas la acomoda en una banca a la ley de Horacio (pues le queda una nalga en el espacio) y le da las semillas de maíz y el cartón de lotería. –Agora siiiiiiii, damos inicio a la primera jugada de la noche de su loterrrrrrrria Laaa Huerrrrrrrrfanitaaaaaa…

-Jira y jira y jira y jira hasta mirar a la guajira la tómbola de la suerte que eso sí, no pronostica la muerte y sale la primera bolita y es precisamente la reina pelona con cara de anona la muerte, la muerte….Sigue corriendo y va llegando al que cuando llega tarde la mujer con un sartén para darle lo está esperando, el borracho a que pobre mamarracho y la tómbola sigue girando como gira el planeta y sale lo siguiente bolita como un cometa, la escalera, la escalera que si te caes que llamen a la enfermera, la tómbola sigue girando porque la Huerfanita está regalando para que le lleve a la doñita un cazo, el cazo, ya tenemos a gente esperando sus lugares para la segunda jugada de la noches y es que su looooooooterrrria la Huerfaniiiiiiiitaa esta regallloooooooona y mientras la góndola sigue girando y va llegando el más chulo el catrín, el catrín…. Alguien grita: Loteeeeeeeriaaaa, loteeeeeeeriaaaa…Nadie nueva los maicitos de sus cartones damas y caballeros, que vamos a revisar. Y comienza el proceso de chequear una por una las figuras: empieza a gritar una a una el ayudante –La muerte, si afirmativamente la muerte, el borracho, si tenemos el borracho, el tambor, déjeme ver….No el tambor aun no sale…!Ah ¡es que yo pensé uste que era el cazo replica la señora (más de alguien murmura vieja mula). Así que aun no hay ganador y la tómbola sigue girando y la siguiente bolita va llegando y rebotando la sandilla, la sandilla la que alcanza para invitar a la tía la sandia, sigue girando y va llegando el que siempre esta erecto y dispuesto a entrar…No me piense mal caballero porque se trata del soldado, el soldado….Looooteriaaaaaaaa, loooteriaaaaaaaaaaa, nadie se mueva que vamos a revisar y comienza el proceso de chequeo y esta vez sí, si hay lotería, algunos se paran disgustados y se van, otros por el contrario piensan que aun es joven la noche y siguen probando suerte y los que estaban parados esperando se apresuran para sentarse en los espacios vacios y así sigue la noche y seguirán las siguientes 10 noches, los patojas sangrando a los papas y a los abuelos para ir a la feria, las muchachas y muchachos haciéndola el mejor pretexto para estar un poco más tarde en la calle y tener esos encuentros de amor de adolecentes.

Y así año tras año la feria seguía llegando, pero los que apenas ayer eran los niños de la feria en poco tiempo la necesidad los hace crecer a pasan a ser los operarios y los que eran operarios los jubila la vida porque envejecen tan a prisa que siempre les parece que fue ayer…

Oxwell L’bu


viernes, 14 de mayo de 2010

"Bandido"


“Bandido”

(Historias de La Colonia)

Hay estigmas que nos da la vida, incluso desde antes de nacer, son marcas del destino que nos marcan un camino, que muchas veces no queremos recorrer…

Aquel era un niño triste, con la mirada perdida al horizonte mirando desde su humilde ventana como la vida transcurría, miraba cubriéndose el rostro con la cortina hecha de la más humilde tela que ya pintaba amarillos del tiempo, escuchaba las carcajadas de los demás patojos de jugaban en aquel inmenso campo de recreo: los patojos con el trompo, los cincos o con las rodillas en tierra haciendo con su imaginación el mas fantástico carro de bomberos de unos trocitos de madera con corcho latas por ruedas…Las patojas evitando a los varones, jugando de tenta, de arranca cebollas y cantando a viva voz A la víbora de la mar y quien sabe que mas… Al caer la tarde todos se entraban a regaña dientes porque era hora de cenar. Comiendo tan aprisa que tragaban los bocados de comida con tal de volver a salir a jugar…Con el acostumbrado “Muchas gracias” al levantarse de la mesa apenas escuchaban el “Buen provecho” porque ese deseo de jugar aun no estaba satisfecho.

Al caer la tarde la madre llegaba de trabajar y lo encontraba allí, en el lugar de siempre, con las ansias de siempre, mirando atreves de la ventana como la vida se pasaba frente a él. Ella lo miraba sufrir, pero igual no podía hacer nada para aliviar aquel dolor, se sobre ponía a sus lagrimas y poniéndole cara de alegría lo invitaba a comer, aquellos momentos eran los más felices de la vida de aquel niño que encontraba en su madre un inmenso amor y cariño que le hacía olvidar aquella tristeza de no salir a jugar.

Pero el tiempo transcurre tan a prisa, no espera por nadie y así el tiempo para ir a la escuela lo sorprendió. La madre lo fue a inscribir, aun sabiendo lo difícil que seria para Arturo el enfrentar aquella realidad, a la cual se resistió. Fueron largas las tardes que la madre lloro con el dándole consuelo. Una de aquellas tardes de los primeros días de enero, se puso a ver televisión. Era un televisor pequeño en blanco y negro que un alma caritativa les había obsequiado en navidad, lo cual fue un gran regalo dado que en esos tiempos pocas familias contaban en casa con este tipo de aparatos. Sus series preferidas empezaron a ser las de vaqueros: El llanero solitario, Aventuras de Johnny West y poco después El Zorro. Viento estas series fue que se le ocurrió aquella idea, un día como de costumbre la mama llego a casa y lo encontró con la bandana cubriéndole medio rostro y le pregunto, ¿A qué a que estaba jugando? El niño respondió: No estoy jugando, mama esta será mi nueva identidad. La madre sin poder evitarlo se le rodaron las lagrimas al rostro pues comprendía el porqué.

A la semana siguiente empezarían las clases, con gran esfuerzo, ella le compro los pantalones azules, las camisas blancas, el suéter rojo con líneas verticales azul y blanco y un par de bandanas, una azul y la otra roja. Pese a los problemas que para ella implicaba faltar a trabajar, para el primer día de escuela del niño pues comprendía el reto que para Arturo suponía el enfrentar aquella nueva etapa de su vida y más aun ante aquella situación que le afectaba en forma personal… El niño camina por las calles ante la mirada inquisitiva de vecinos y patojos que posiblemente serian sus compañeros de escuela, pero más aun para el aquel era un mundo extraño, un mundo que apenas conocía pues lo veía a través de su ventana. La madre lo acompaño hasta el salón y ya había hecho los arreglos necesarios para que le permitieran usar la bandana a lo cual ante la explicación que ella les dio accedieron las autoridades de la escuela y la maestra.

Cuando los demás niños lo vieron entrar al salón de clases, no dejaron de sorprenderse de verlo así con la mitad del rostro cubierto, algunos se rieron, otros murmuraron y alguien mas dijo a viva vos: Hay un bandido en la clase….Todos se rieron y la maestra los llamo al orden, la mama se retiro, como no queriéndose ir, sabiendo que aquello apenas empezaba, recordó los murmullos y la extrañes con que miraron as u hijo sus compañeras de cuarto, cuando Arturo nació y se lo llevaron a enseñar, sin el apoyo de un marido, sin alguien que le apoyara con acepción de una madre que los esperaba en casa, en una silla de ruedas. Pero comprendía también, que en la vida había que ser fuertes, que debería aprender a sobre ponerse a todo aquello.

Las bromas, chistes y murmuraciones desde aquel primer día fueron siempre parte de aquel ritual que suponía ir a la escuela, para Arturo y más aun a la hora de recreo…A veces regresaba a su casa triste, sin ganas de volver al otro día, siempre en aquella casa vacía, en la que encontraba una notita junto a su almuerzo donde la madre le dibujaba una carita sonriente y le ponía un Dios te bendiga…Luego de comer, se ponía a hacer su tarea, después miraba por su ventana con un deseo profundo de salir a jugar, mas no faltaba quien pasara diciendo: Esa es la casa de Bandido y aquello lo desalentaba y mejor prendía la televisión, luego la volvía a apagar pues se moría de las ganas por ir a jugar pelota con los demás…

Conforme el tiempo transcurría, los demás se acostumbraron a ver al niño de la bandana en el rostro y el también se acostumbro a que lo llamaran Bandido y no por su nombre. Con esfuerzo y dedicación aprendió a leer antes que muchos de sus compañeros, poco a poco se fue ganado un lugar entre los más aplicados. En los recreos casi no jugaba pues las burlas acompañaban los juegos, pero logro hacer amistan con Fito Chibola, un niño que también era blanco de bromas pues estaba pasado de peso. Pero Fito no les ponía atención y como era también un poco alto de alguna forma imponía respeto.

Un día los demás patojos le convencieron para que jugara una chamusca (un partido de futbol informal) contra los de la otra sección de primer año y convencido por Fito Chibola accedió. Empezó la mentada Chamusca y de primas a primeras les metieron un gol, por lo que deberían de quitarse la camisa y quedarse en playera, todos los hicieron y el partido continuo, hasta que alguien por detrás se aproximo a Arturo y delante de todos le quito la bandana… Algunos al ver su rostro gritaron: ¡Es un monstro! ¡Es un monstro! Se armo tal alboroto que media escuela se dio cuenta. Arturo como pudo se cubrió el rostro con la playera y salió corriendo… Fito Chibola trato de alcanzarlo, pero no lo logro, entonces se fue directo a reclamarle al niño que había sido capaz de aquel atrevimiento.

Aquella tarde al llegar a casa, la madre lo encontró llorando, ella le pregunto, él le conto lo sucedido y siguió llorando diciendo: Mama, es que soy un mostro, un mostro… Ella le replicaba –No mi niño, tú eres un angelito, un pedacito de cielo… Él le decía: Un angelito con cara de mostro y es por eso que yo ni tengo papa… Aquel fue un día lleno de dolor para ambos.

Pasaron los días y el niño, no regresaba a clases, sus útiles escolares estaban en la dirección, las murmuraciones continuaban, se decía que bandido era un mostro, por lo cual en el lunes cívico de la semana siguiente, la directora decidió tomar cartas en el asunto. Reunidos todos, el claustro de maestras y alumnos les explico el porqué de la deformidad en el rostro de aquel niño, les comento que dice la medicina sobre “El Labio Leporino” y que no había razones para alarmarse, ni mucho menos para burlas, que lo mejor que podían hacer era aceptarlo tal cual era y que niños así más que compasión precisan de amor y aceptación así como de amistad. Aquel mismo día Fito chibola y otros de sus compañeros después de clases fueron a su casa buscarlo, tocaron a la puerta más de una vez, pero nadie contesto. El niño solo los observaba oculto en la ventana. Al día siguiente lo mismo y así por el resto de la semana. La madre había hablado ya con la directora y la maestra sobre la negativa del niño de regresar a la escuela. A la semana siguiente fueron nuevamente sus compañeros a buscarlo comandados por Fito Chibola, todos con una bandana cubriéndoles la mitad del rostro, el los vio y no pudo evitar el sonreírse, esta vez tocaron una sola vez la puerta y se fueron. Luego el niño se puso a ver televisión y al llegar la madre lo encontró dormido. Al despertarse le entrego un paquete que había encontrado en la puerta, eran un sin número de tarjetitas hechas a mano, con papelitos de colores y garabatos que pretendían ser letras, en las cuales a su manera, le pedían disculpas y le manifestaban cuanto lo extrañaban…

A la semana siguiente el Arturo regreso a la escuela y al encontrar a su salón se encontró a niños y niñas usando la banadanas en sus rostros. Y como son los niños que son rápidos para olvidar los agravios recibidos, volvieron a ser compañeros y más que eso amigos. Al año siguiente Arturo fue sometido a una operación que le permitió mostrar su sonrisa enmarcada con una mirada donde ya no había tristeza.

Oxwell L’bu

viernes, 30 de abril de 2010

"Taconcitos" (Leyendas de la Colonia)



“Taconcitos”
(Leyendas de La Colonia)

Cuando se apagan las voces, cuando terminan los compromisos, cuando el mundo duerme y el silencio reina en medio de las tinieblas, los mitos cobran consistencia y las palabras escritas en agua se reflejan en los muros donde el pueblo escribe…

Hay sombras que nadie consigue ahuyentar, hay enigmas que desafían la razón y en medio de esta contradicción se abren paso, persisten en el tiempo y trascienden a los hombres. Nadie llego a conocer su nombre, ni su origen, hasta llego a ser un secreto a voces que muy pocos se atrevían a comentar por el temor a sonar miedosos o infantiles, mas lo cierto es que desde hacia tiempo en diferentes cuadras de La Colonia aquellos pasos se dejaban escuchar, a veces de madrugada e incluso en pleno día. Era como que si una mujer caminaba en tacones por las sala de la casa o por las habitaciones e incluso por las calles pero cuando se quería ver de quien se trataba, salía corriendo y se desvanecía de la misma forma que venía; nunca nadie le vio el rostro, mas se decía que se trataba de una niña que caminaba con los zapatos de tacón que le quedaban grandes y que entraba a las casas buscando a su mama, recorriendo las calles tratando de sortear suerte y hallar a alguien que por largo tiempo no conseguía encontrar .

Se cuenta que en los inicios de La Colonia, cuando aun no estaba totalmente habitada y no se había terminado de construir todas las casas, eran pocos los vecinos y ante el aparente aislamiento en el que Vivian, casi todos se conocían y se ayudaban mutuamente, dado que en esa época a La Colonia no entraban los buses urbanos lo más cerca que llegaban era al mercado de la Florida y desde allí aquellos primeros que la fundaron caminaban hacia sus casas después de una larga jornada de trabajo. Por esos días cada poco se sumaban nuevos vecinos, lo cual despertaba la curiosidad de los que apenas se estaban instalando pues querían conocer quiénes eran, cuántos niños tenían, de donde venían en fin, mas hubo una mujer que se traslado sola con una niña se dice que era de poco hablar al punto que nadie le llego a saber el nombre, nunca se supo si tenía marido o de familia alguna y a la niña no le permitía relacionarse con los otros niños, a pesar de que aun en las cuadras habían casas vacías. Se dice que vivieron en una de las casas que dan justo debajo de la bomba de agua a orillas del barranco que da a la finca Lo de Bran.

Como siempre sucede con personas extrañas, se empezaron a hacer juicios gratuitos sobre esta mujer, algunos decían que era una bruja, otros que era una de esas de familias ricas que tras haber deshonrado a la familia con su conducta son como desterradas de su círculo social. Se dice que era una mujer bella de pelo profundamente negro como de azabache, de mirar altivo, con gestos de dureza y amargura. La niña era el vivo retrato de ella, pero de mirada dulce. Durante el tiempo que vivió en aquella casa se las valió por si sola para enfrentar los retos que enfrentaron los primeros habitantes de La Colonia ante la falta de transporte público, la falta de lugares cercanos para abastecerse de alimentos y las cosas necesarias, el aparente aislamiento de La Colonia que era como una pequeña luz en el horizonte ante el verdor espeso del que estaba radiada debido a los barrancos. Los patojos apenas se daban cuenta de estas penurias, pues como es natural a ellos solo les importaba jugar y para ellos todo aquello era su campo de juego, donde cada día se sumaban nuevos invitados.

Corría el mes de septiembre y la lluvia no cesaba, en las banquetas se formaban charcos de agua en los que los patojos jugaban con barquitos de papel o chapoteando el agua de alegría cuando la lluvia les daba una pequeña tregua para luego volverse más incesante como un temporal, por esos días se cuenta que llegaron los dueños legítimos de aquella propiedad que habitaba aquella mujer con su hija y al verlas le pidieron abandonar la casa, a lo cual la mujer no accedió, por lo que días después fue sacada a la fuerza en una noche lluviosa y obscura, ante el tumulto que se armo se dice que la mujer se fue hacia el barranco sin llevarse nada. Aquella casa no contaba con servicio de energía eléctrica y apenas una vela la alumbraba. Los dueños de la casa a como pudieron fueron bajando algunas cosas del camión de mudanzas, con la esperanza de dormir en su propia casa y terminar la mudanza al día siguiente, cuando estuviera claro y quizás la lluvia les diera una tregua. Aquella familia como pudo se acomodo en la sala y nadie se percato de que la niña dormía en la primera habitación… La niña despertó de madrugada llamando a su madre y al no podarla encontrar corrió por toda la casa, al ver a aquellos extraños, pensó que seguramente en sus sueños se había salido a jugar a otra casa y se había quedado dormida, lo único que le pareció extraño es que no podía encontrar sus zapatos, por lo que tomo unos zapatos de mujer se los puso y salió a buscar a su madre…

Nunca más se volvió a saber de aquella mujer, ni que rumbo tomo, ni él porque se había ido dejando a la niña, tan poco se volvió a saber de la niña, ni que fue de ella, ni si se reunió con su madre, lo único que se sabe es que de vez en vez se escuchan aquellos pequeños pasos de aquella niña de mirada dulce, pelo negro profundo de azabache buscando de casa en casa, de cuadra en cuadra sin poder encontrar…

Oxwell L’bu


martes, 27 de abril de 2010

***Los Patojos de la Colonia***

***Los patojos de la Colonia***

El sol aun no se asoma
al horizonte mas ellos
se levantan temprano
como siempre…

Un volcán como centinela
cuida sus pasos,
las montañas como murallas
rodean su campo de juego.

Uno a uno se van sumando
como uvas en la viña,
con sus pantaloncitos
y sus rostros bañados de alegría…

Unos jugando cincos,
otros lanzando un trompo,
y más allá otros corren tras un balón.

Comiendo siempre de prisa,
con muestras de que bebieron
y que comieron sobre la camisa.

Por esa urgencia de seguir
retozando y jugando,
queriendo que no lleguela noche…

Mas la luna con la cara
tiznada los mira desde
el cielo escondida entre
en las nueves rajadas.

La noche va cayendo
y ellos siguen corriendo,
tras las luciérnagas que
habitan en el barranco
de las guacamayas.

Y desde la aldea de las hadas
el sueno viene a besar su frente,
y así de repente el cansancio les
cierra los ojos y una sonrisa
aletea en sus labios esperando
de nuevo el amanecer.

Oxwell L’bu
Foto por: Erick Guzman